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14 de febrero de 2018

Amor, expectativas, mi hombre extraordinario y la búsqueda del grial


Soy incapaz de recordar exactamente cuantas veces se me pasó por la cabeza que alguien pudiera ser ese alguien especial, quien completara mi vida con toda esa mierda que bombardea nuestra mente desde la publicidad, las películas, los libros. Ese a quien ofrecerle una parcela de amor, dejar que me conociera más allá de las murallas que acostumbro a construir a mi alrededor. Supongo que nos lanzan demasiados mensajes sobre el amor verdadero desde la más tierna infancia, y ese amor siempre está tintado de un color irreal que nos pasamos mucha parte de nuestra vida intentando imitar.

Muchas veces intentaron venderme humo. Sí, lo intentaron, porque algo que me pesa a la hora de conocer gente (pretendientes concretamente) es el escepticismo. Quiero creer pero no lo logro. Cuando pienso que estoy cerca de lograr pasar esa barrera en la que a veces se convierte el sexo, mi mente se monta películas, se crea expectativas e irremediablemente acaba explotando. No porque lo detone yo (no siempre al menos), si no porque pongo en duda todo ese humo y rara vez -nunca- me equivoco. Y eso es porque estoy demasiado acostumbrada a hombres que creen que venderme humo es la manera de llevarme a la cama, que tienen que crear sentimientos y luego jugar con ellos para acabar entre mis piernas, cuando la cosa a veces es tan sencilla como tener feeling. ¿Qué necesidad, cuando ya aviso de antemano que no me es necesario, venderme esa idea de romance sólo para follarme?


Me he enamorado 3 veces en mi vida. Analizándolo, no sé si de forma consciente o inconsciente, lo he hecho de hombres con los que no había un futuro. Un espíritu libre, un hombre casado y otro que realmente consiguió engañarme. Sólo al último le dije que le quería, y me siento como quién se arrepiente de haber perdido la virginidad con un gilipollas, porque sabes que te acordarás siempre, que no puedes dar marcha atrás y evitarlo, pero te gustaría intentarlo aunque puede que haberlo hecho/dicho te convirtiera en quién eres hoy y bueno, no está tan mal, ¿no?


Lamentablemente mi indicador de enamoramiento es la lágrima. Si pasa algo que mi -en ocasiones estúpido- cerebro interpreta como la posibilidad de perder aquello que tengo -o creo tener- con esa persona que me gusta, las lágrimas brotan todo lo que no lo hacen en esos momentos en los que sería lógico que sucediera. Lloro como si de mí dependiera erradicar una sequía. Y por más que racionalmente sé que no tengo que llorar, que es una gilipollez y que lo hago más por rabia que por otra cosa, mis lagrimales no pillan el mensaje y se inundan. La frustración de que las cosas no pasen como me las he imaginado, o como (en ocasiones) me las han vendido, desencadenan en una llantina muda que soy incapaz de parar hasta que la reserva acuífera se me acaba.

Al final todo acaba en mierda; me canso de llorar, pongo distancia, paso una época floja, y vuelta a empezar. Y durante ese tiempo de recuperación acabas recibiendo el mensaje de que tienes que ser optimista, que llegará alguien con quien disfrutar de la bonita experiencia, que tenga paciencia porque tarde o temprano llegará, que baje expectativas porque pido mucho. Y a veces pienso que es culpa de los castillos en el aire que me monto, de que lo que busco no existe.

Que si la mente positiva, que si la paciencia, que si ser menos exigente... Pero mi mente positiva es muy realista, nací sin paciencia y soy incapaz de ser menos exigente porque sé que me sería muy difícil ser feliz si me faltan partes que considero imprescindibles. Veo películas en las que el amor surge de donde menos lo esperas, leo libros en los que un amor crece lentamente al margen de la historia, veo nacer nuevas relaciones a mi alrededor; y todo es precioso, hasta idílico en ocasiones aún fuera de la pantalla o la página. Pero es que no quiero un amor de película, ni uno idílico.


Quiero un amor por el que merezca la pena enfrentarse a los miedos; con quien vivir auténtica intimidad; quien comprenda que mi cabeza funciona de una manera muy extraña pero que eso forma parte de quién soy; quien sea capaz de darme el empujón para que actúe y quien me frene cuando voy demasiado acelerada; quien me escriba un mensaje y que su gramática pueda entenderse sin acudir a ningún criptógrafo; quien entienda, comprenda y disfrute que Mamá, no leas exista; a quien meter mano en un lugar prohibido para calmar las ganas del morbo después; quien sea capaz de tranquilizarme en un ataque de ansiedad y sea consciente de que no siempre puedo controlarlos; quien quiera verme crecer y que yo le vea crecer a él; quien comparta conmigo esas preguntas que a todos nos surgen, sean simples, filosóficas, frikis o pura paranoia; quien confíe en mí para resolver un problema; quien me dé algo de caña para que no me aburra; quien me abrace por la espalda y me transmita paz, ternura, apoyo y perversión; quien respete mi espacio y necesite también el suyo propio; quien esté conmigo porque quiera estar y no porque se sienta obligado a cumplir; con quien compartir humor, tenga o no gracia, y reírnos juntos de nuestra propia tontería; quien me enseñe cosas no porque me crea ignorante, si no porque disfrute compartiendo sus pasiones y sepa que adoro aprender; quien también pueda aprender de mí; quien me sonría con los ojos y no sólo como los labios cuando nuestras miradas se crucen; quien haga críticas constructivas a mi trabajo y me anime a mejorar; quien sepa reírse de todo y equilibrarlo con seriedad cuando ésta sea necesaria; quien tenga un halo de misterio para endulzar esa rutina y tener siempre más por descubrir, pero que se abra y me deje conocerle; quien me acompañe a un evento familiar, una tarde en el sofá, un viaje de trabajo, una cena con mis amigos...y que me quiera también en sus compromisos; quien me haga llorar mucho, pero de risa, de ilusión, de felicidad; quien sepa cuándo necesito un abrazo, cuándo unas risas y cuándo que se aparte y me deje coger aire; con quien pueda comunicarme con tan solo una mirada; quien me busque y a quien buscar; quien me bese lentamente el cuello y me azote el culo fuerte después; quien me anime a salir de mi zona de confort y a quien sacar de la suya; quien...

Igual sí es idílico lo que busco. ¿Pero es tan grave tener claro lo que se desea? Puede que pase como cuando vas de compras en busca de un artículo concreto, que encuentras de todo menos precisamente lo que buscas; y te vas a casa con las manos llenas pero insatisfecha, porque has visto en tu mente lo que quieres con extrema nitidez, pero nada se adapta a esa imagen. Quizá el amor que busco necesita que no le busque; quizá no exista y me haya pasado imaginando; quizá si lo encuentro resulte no gustarme tanto como pensé...


Sinceramente, ¿quién tiene las respuestas que necesitamos cuando se trata del amor?

Exista o no esa persona, tampoco tiene mucho sentido dejar de buscar o guardar la esperanza de encontrarla, ¿verdad? ¿No es acaso la búsqueda un motor en nuestras vidas? ¿No pasa que buscando algo encuentras otra cosa que hace tiempo deseaste/perdiste? ¿Hay que olvidarse de esos hallazgos porque no son justo lo que estábamos buscando en ese momento? Rendirse no es la solución, aunque a veces el camino fácil es sumamente tentador. Y sin ser yo una abanderada del amor -ni mucho menos, tengo referencias que lo confirman-, ¿no es más triste olvidarse de buscar por miedo a no encontrar que fluir y dejarse sorprender por lo que hallemos?


Hace unos años encontré, donde menos imaginé (el libro Las aventuras íntimas de Belle de Jour), un fragmento de conversación que definía bastante cómo me sentía. Hablaban sobre casarse y tener hijos, y las palabras que le dedicó el amigo de la protagonista a ésta me hicieron pensar...

" - ¿Y tú qué piensas de mi futuro? -le pregunté a N-. ¿Seré una solterona?
Miró hacia la calle. Estaba midiendo las palabras.

- Creo que tú has elegido un camino propio y no quieres que nadie interfiera -respondió-. Valoras tu libertad por encima de todo. O sea, que sí, eso es lo que tendrás, si es lo que quieres. No estoy diciendo que no vayas a cambiar de idea, pero para eso hará falta un hombre extraordinario, y creo que todavía querrás seguir sola bastante tiempo más."

Hasta hace bien poco lo suscribía palabra por palabra. Ahora...bueno, ahora creo que no me apetece 'seguir sola bastante tiempo más'; tengo ganas de encontrar ese hombre extraordinario. Coño, por ahora me conformo con acercarme un poco al concepto, con algo real, con poder enamorarme y saber cómo es eso de compartir un sentimiento, con perder un poco el miedo a bajar la muralla.

4 comentarios:

  1. Precioso Gwen, gracias por abrirnos tu corazón... Aunque suene muy a tópico yo creo que ese hombre extraordinario aparecerá cuando menos te lo esperes. Un besito!

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  2. Seguro que hay hombres extraordinarios, seguro que el amor es la re hostia y seguro que alguien no nos hará llorar más. Pero mientras tanto, se trata de quererlo sin necesitarlo. Como quien quiere esas botas preciosas, pero que no te hacen falta porque ya tienes 4 más. Pero las quieres igual, te quedarían monísimas. Aunque tú sin ellas... ya eres monísima...

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    1. Eso es Sofi. No nos es necesario como el respirar, y mientras aparece o no aparece no perdemos el tiempo, y sobre todo porque nos tenemos a nosotras mismas, pero ya sabes...momentos de debilidad

      Besotes.

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Yo ya he hablado, ahora te toca a ti...