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Hablemos de la sumisión mal entendida, cuyo discurso invade el contenido en internet estos días, especialmente en entornos que han involucionado la masculinidad —y exudan partículas incel en cada bit—. Entornos en los que la última vez que tuvieron una interacción no tóxica con una mujer, estaban lactando. Y, aun así, sacaron los dientes.
Centrémonos en cómo la sexualidad que plantean parece sacada de un ejemplar antiguo de «Jara y Sedal» más que de una mente milenial. En por qué consideran que realizar sexo oral a sus parejas femeninas es vejatorio para ellos, y también por qué eso nos lleva a la sumisión mal entendida.
PONGÁMONOS EN ANTECEDENTES
Hace un tiempo una compañera compartió un video de la «machosfera», donde decían que un hombre no lo era tanto si hacía un cunnilingus, porque era una posición de inferioridad. Ya empieza mal el vídeo al decir: «Lamer la VAGINA, estimularla, eso no, ¿no?»; más allá de la película que se montan, cariño, la vagina no se «lame», se lame la vulva, el clítoris si acaso te importa buscarlo y dar con él, pero no la vagina.
Sigue con perlas como: «Hacer sexo oral a la mujer es contraproducente si tu quieres curar tu eyaculación precoz», «te estás cargando de energía femenina», «es una posición absoluta de sumisión del hombre a la mujer». Esa frase, si bien lo anterior y lo que prosigue en el vídeo ya era ridículo, me llamó mucho la atención. Es un claro ejemplo de la sumisión mal entendida.
En la comunidad sex nos llevamos las manos a la cabeza y nos reímos de la falta de ácido fólico de esa criatura en su desarrollo. Semanas después, en uno de esos momentos en los que mi mente me lanza cosas al azar a la bandeja de entrada, volví a reflexionar sobre ello. Y por eso ahora vengo a desmontar esa absurda teoría.
HACER SEXO ORAL ES VEJATORIO, AL PARECER
Ese discurso de rechazo cuando se pone sobre la mesa el cunnilingus, es patológico. Y lo que muestra es tan asqueroso como preocupante, pues interpretan hacer sexo oral a otra persona como algo vejatorio y no deseable. Lo que se puede traducir, sin esfuerzo alguno, en que cuando se lo hacen a ellos, están vejando a la otra persona. Pero eso no les quita el sueño, al parecer.
Cada persona tiene sus gustos y creencias, y allá cada cual. No obstante, eso de creer que una práctica sexual es humillante, parecerte bien y exigir que otra persona se «humille» por ti, pero no hacerlo tú porque es «humillante» para ti, es hipócrita. Además de misógino en este caso. Con un ejemplo de andar por casa: como si creyeras que prepararme la comida fuera vejatorio para ti, pero me exigieras que te preparara un menú de tres platos sin importarte si eso me veja a mí. O lo que es peor, disfrutar de mi vejación además.
Ninguna práctica sexual consensuada y consentida es vejatoria —salvo los juegos que incluyen vejación consentida, pero eso es otro melón—. Y claro, puedes negarte a hacer algo con lo que no te sientas a gusto, pero no inventes motivos ridículos, como eso de no querer «cargarte de energía femenina».
EN EL SEXO NO ES LO MISMO SUMISIÓN QUE SUMISIÓN MAL ENTENDIDA
Al buscar la definición de sumisión, la IA de Google —ay, la IA, algo que parece gustar a la machosfera— dice lo siguiente: «La sumisión es el acto o actitud de acatar, someterse o subordinarse a la voluntad, autoridad o juicio de otra persona, entidad o doctrina. Implica ceder el control o el poder de decisión, ya sea de forma voluntaria, por respeto, o de forma involuntaria, por coacción o fuerza».
Es un concepto un tanto complejo, especialmente cuando hablamos de renuncias importantes, y no sobre la película que se va a ver. Y debemos diferenciar también la sumisión, de la sumisión mal entendida. Una cosa es que alguien tenga una personalidad sumisa —por diversos motivos—, o que pueda interpretar ese rol a su conveniencia —también por motivos diferentes, alguno es la pura supervivencia—, eso no te da poder para hacer lo que quieras con esa persona. En lo relacionado con la sexualidad, igual.
Siendo positiva, partiré desde la idea de que esa sumisión de la que hablan en la machosfera, sea temerosamente la suya o de sus hipotéticas parejas, sea voluntaria —lo cual, viendo algunos discursos ya es mucho asumir—. La sumisión mal entendida tiene más que ver con la esclavitud que con el elegir/preferir un rol sumiso en la relación o en un momento dado, como si se perdiera completamente la agencia sobre el propio cuerpo y mente.
En lo referente al sexo oral, parece que creen que hacer un cunnilingus les robará el alma, la testosterona y la masculinidad —tóxica, por otra parte—. Creen, erróneamente, que quien realiza el sexo oral adquiere irremediablemente un rol sumiso. Y eso, es no entender nada.

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QUIÉN TIENE EL PODER EN EL SEXO ORAL
Quién realiza el sexo oral ni mucho menos tiene una posición sumisa. Me temo que eso —también— tiene una base en la pornografía mainstream, donde se muestra a mujeres sometidas —que no sumisas— al placer del hombre. Escenas donde ellas son poco más que un agujero con dientes mientras les penetran furiosamente la boca, o las dirigen cual marioneta sin respeto alguno.
Hay que recordar que, aún en una relación DS —muchos en la machosfera se creen Christian Grey—, por más que la persona dominante sea quien dirija el juego, la persona sumisa cede el control, no lo pierde. Y aunque es viable que en un encuentro DS se reproduzcan escenas así, siempre deben ser consensuadas y consentidas. De lo contrario, la relación toma un cariz muy diferente y entra en la esclavitud sexual. ¿O acaso es eso lo que quiere la machosfera, esclavas sexuales sin voz ni voto…?
En el sexo oral, el poder lo tiene quien lo realiza, porque la persona que lo recibe, la sumisa, se lo cede. La boca manda, por más que haya quien crea que es la genitalia. ¿Acaso no has oído hablar de «el poder de la mamada»? Pues pasa igual con los cunnilingus.
¿CUÁL SERÁ LA BASE DE LA SUMISIÓN MAL ENTENDIDA?
No termina de quedarme claro de donde viene creer que hacer un cunnilingus es un acto de sumisión, pero recibir una felación es un acto de dominación.
¿Se debe a la postura, a la disposición anatómica de los genitales, a que creen que una felación, al «penetrar» la boca de otra persona, recarga testosterona…?
¿Quizás a una incapacidad para resolver la búsqueda del clítoris, la habitual necesidad de más tiempo de juego, el miedo a que les den instrucciones porque «un macho no pide indicaciones, encuentra el camino solo» (o eso dirá aunque nunca lo haya logrado)…?
La sumisión no es una renuncia absoluta e incondicional. Pues es la persona que tiene el rol sumiso quien tiene el poder real en el juego, decidiendo cuándo finaliza y retira ese control prestado.
EL PODER DE LA MAMADA DEL CUNNILINGUS
Quien expone sus genitales a la labor de otra persona está cediendo el control. Es, por tanto, la persona sumisa. No en vano es quien, podríamos decir, se está dejando hacer. Y me da igual si tiene pene o vulva, pues quien dirige es quien interna sus labios y lengua en busca del placer de su acompañante —y, por extensión, el propio—. ¿Es quizá la cuestión del placer ajeno antepuesto al propio lo que considere ese «selecto» grupo como vejatorio, o sumiso en sus palabras? Seria triste, aunque afín a su discurso.
El poder de la mamada del cunnilingus reside en proporcionar placer. En recorrer los genitales de la otra persona y sentir cómo su respiración se agita, los músculos se tensan, sus manos buscan dónde aferrarse (igual también aferrarte a ti a sus genitales), gime, jura, verbaliza su deseo… El poder viene de la satisfacción de dar placer, del estímulo de excitar tanto a otra persona y saber cómo hacerlo, o incluso de no tener miedo a preguntar o dejarse guiar. Sentir que no tiene otra que rendirse a tu boca por el placer que está obteniendo de ella y, ya puestos, también de las manos. El poder reside, en gran parte, en la capacidad de mostrar generosidad a la otra persona.
La dominación se manifiesta en unos besos bajando por el ombligo, o recorriendo la cara interna de los muslos, dilatando la llegada. Una lengua que interrumpe su camino justo cuando la otra persona cree que harás diana. Un dedo (o varios) que entra en acción inesperadamente. La sugerencia de usar algún cosmético erótico estimulante; o quizá un juguete. Continuar el juego mientras el clímax se expande en su cuerpo, o incluso después. Sujetar sus manos cuando la excitación crece. La decisión de acelerar el ritmo si no hay guía opuesta, o decelerarlo para alargar el momento. Hasta la «maldad» de parar cuando te ruegan que no lo hagas…
ACABEMOS CON LA SUMISIÓN MAL ENTENDIDA
Creer que la sumisión quita poder es el reflejo de la sumisión mal entendida. Lo que quita poder es esa línea de pensamiento venida de un intenso sentimiento de inferioridad. La dichosa machosfera, creyéndose adalid de la masculinidad —también mal entendida—, que no hace otra cosa que replicar actitudes tóxicas de épocas pasadas.
El sometimiento —que no sumisión— de esos hombres a los discursos de cuatro gurús que se están haciendo de oro gracias al complejo de inferioridad, al odio a las mujeres y a la tergiversación de la sociedad, e incluso de la ciencia en general y la biología en este tema en particular; eso es lo que está incentivando, en una buena parte, la dichosa epidemia de soledad masculina.
¿Quién querría tener algo que ver con una persona que te odia sólo por ser, o quizá por no ser suficiente? Por ser mujer, por ser de la comunidad LGTBIQ+, por no tener un cuerpo normativo, por no ser suficientemente femenina o masculino, por trabajar mucho, por tener un trabajo siquiera… Y ya puestos, incluso por no creer que la tierra es plana…
La sumisión mal entendida es lo que hacen quienes se internan en estas comunidades de la machosfera. Donde pierden, aun sin saberlo, el poder por completo a través de técnicas coercitivas, lavado puro de cerebro, y promesas y consejos sacados de una versión casposa y misógina de la «Vale».
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