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28 de marzo de 2018

Surrealismo a la de tres (Con Alex)



Hace algunos años conocí a un hombre, uno de esos que te hacen pensar que has dado con la horma de tu zapato. Hablamos, nos reímos, compartimos confidencias e hicimos lo inevitable, quedar para conocernos.

Su personalidad me gustó mucho, y dado que iba acompañada de un atractivo físico interesante y más de 2 metros de altura, lo volvía irresistible.

Cuando le vi aparecer tuve un momento de duda, no era como en las fotos -era más atractivo-, pero la altura era inconfundible, hubiera sido mucha casualidad que, sin tratarse de una zona de reunión de jugadores de baloncesto, más de un hombre tan alto frecuentara el local. Nos saludamos y nos sentamos a tomar algo. La cita empezó bien, sin tensiones, sin pretensiones. Sólo risas, conversación que te atrapa y no quieres que acabe, algún roce bajo la mesa, una canción que suena, unos labios que se acercan a los míos...

Y madre mía, ¡qué labios! Besaba bien, increíblemente bien. Mezclaba la pasión y la delicadeza, el erotismo y la ternura y...joder, quería muchos más besos, quería mudarme a esos labios, quedarme entre sus brazos y acurrucarme en su regazo por los tiempos de los tiempos.

Pero ya se hacía tarde y él tenía que marchar. Habitualmente me acompañan a casa, yo no lo pido pero ellos al llevar coche se ofrecen, supongo que es una forma de alargar la cita y puede que de conseguir un contacto más íntimo. No fue el caso. Me acompañó andando la mitad del camino y se despidió de mí con un beso y un abrazo que firmaba el preludio de algo grande. Me llamó la atención aquello, que por una vez en muchísimo tiempo el hombre con el que tenía una primera cita no hiciera por llevar aquello a otro nivel tras un beso; no sabía si era una cuestión de respeto, de inapetencia o de prisa real, y con el tiempo acabé entendiéndolo...como lo harás tú, seguro. 

Llegué a casa como si me hubiera metido un chute de arco iris, estaba ilusionada y me descubría sonriendo en cada superficie reflectante sin motivo aparente. Lo había disfrutado tanto... Se me hacía el culo gaseosa con cada mensaje que me enviaba, todo era precioso, palabras bonitas, charlas frikis, sus comentarios tipo '¿dónde has estado toda mi vida?' o 'si me preguntaran como es mi mujer ideal, te describiría a ti'; y claro, se me acabaron cayendo las bragas como nunca, porque pensé que había encontrado a esa persona especial que se convertiría en el compañero de viaje ideal.


Los fines de semana los tenía complicados para quedar, según decía solía irse de viaje, y como acabábamos de conocernos tampoco le di importancia. Quedamos a la semana siguiente después de comer. El plan inicial era irnos a tomar algo antes de que él tuviera que ir trabajar (trabajaba en una inmobiliaria), pero cuando pasó a buscarme el orden cambió, me dijo que tenía que ir a hacer fotos a una casa que estaba vendiendo y que podía ir con él. Me pareció inofensivo y acepté; me guío mucho por mi instinto y por ahora me ha mantenido viva, así que ¿por qué dudar?

Llegamos a la casa. Sin ascensor, un piso oscuro, una decoración y mobiliario como si hubiera salido de una máquina del tiempo y sin inquilinos. Le habían dado las llaves y no había nadie. Me enseñó la casa, lo poco que había que ver, y cuando me di cuenta me besaba mientras apretaba su cuerpo contra el mío y se deshacía de mi ropa. A mí lo de intimar en sitios/momentos en los que no estoy segura de que no me van a interrumpir me pone muy nerviosa (tanto como morbo me da) pero pensé que si a él no le importaba, que era su trabajo, porqué debía importarme a mí; así que me dejé llevar. 

Y me llevó tanto que acabé tumbada desnuda sobre la cama de un extraño, con la cabeza de Alex entre mis piernas y descubriendo por primera vez lo que era un cunnilingus hecho con ganas. Me comía como si hubiera estado en ayunas una semana, como si le ofreciera el manjar más rico y delicado que pudiera llevarse a la boca, como ninguno. Tras un rato y ya haciendo aguas, le pedí que se acercara y se la comí. Estaba lanzada, ya no me importaba que estuviéramos en una casa ajena, que fueran las cuatro de la tarde o que los vecinos nos oyeran. Me levanté a por un condón al bolso y me dijo que hacía mucho que no usaba condones, que no estaba acostumbrado y podría bajársele la erección; lo atribuí a que había tenido una relación larga, no habíamos hablado de los antecedentes sentimentales previos, y mostré la paciencia que sólo tengo en la cama. Aunque te digo, allí no se bajó nada hasta que no tuvo que hacerlo -you know what I mean-...


Me puse a cuatro patas y, tras besarme cada rincón del cuerpo con un cariño desconocido, me penetró. Sus embestidas eran suaves pero firmes, me acariciaba la espalda, las caderas y el pelo mientras entraba y salía de mí y yo me acariciaba el clítoris. Estaba muy cachonda y era todo culpa suya. Me preguntó si me gustaba el sexo anal, y contesté con el miedo de un culo bastante inexperto aunque con ganas de experimentar más y el de quien se enfrenta a una polla gruesa en esa situación (¡y en casa de un desconocido, por favor!); le dije que me gustaba pero que todavía estaba iniciándome, y antes de que diera por respondida su pregunta, me encontré con un pulgar jugando en el culo.

Poco tardé, después de eso, en tener un orgasmo épico. Era la primera vez que lograba correrme -follando- en un primer encuentro sexual con alguien, soy de orgasmo tímido y me cuesta un poco llegar a sentirme cómoda con la persona antes de dejarme llevar del todo, por eso 'la primera vez' no suele ser tan buena como podría. Pero no fue el caso esta vez, tras el primer orgasmo él siguió follándome hasta que volví a correrme varias veces más, no daba crédito a lo cómoda que me sentía con él (y más en esa circunstancia especial), el muchísimo placer que me daba y lo fácil que me estaba siendo correrme. Pedí clemencia, mi cuerpo no podía más y dado que no podría echarme una siesta después, preferí dejarlo y ayudarle a conseguir ese orgasmo que se había ganado con creces. 

Una vez le hice retorcerse de placer, se corrió, nos abrazamos unos minutos, nos vestimos, e hizo las fotos que tenía que hacer, me acompañó a casa. Ninguna gana tenía yo de trabajar o hacer nada que no fuera perderme en el recuerdo de lo que acababa de pasar. Escribí a mi mejor amiga y le conté lo que había pasado, debí contárselo tan bien que me dijo que se había puesto cachonda hasta ella. Ciertamente había sido un polvazo, menos la ubicación (aunque aportó mucho morbo), todo había sido increíble, las sensaciones, las miradas, las risas cómplices, las caricias, las embestidas, los gemidos...


Le propuse acompañarme el fin de semana al último concierto del grupo de un amigo (tras 10 años se separaban), pero no podía, se iba de viaje a hacer una ruta por nosedónde. Durante el concierto pusieron un vídeo con fotos de toda la década del grupo, y ahí salíamos algunos de los presentes, hubo momentos emotivos, momentos de horrorizarse por las pintas que llevábamos, risas por los recuerdos... Y yo no dejaba de hablar con Alex por Telegram, me hubiera gustado tanto que estuviera allí conmigo, por una vez no ser la que va sola a los sitios...

Mentiría si dijera que no tenía la mosca detrás de la oreja. Todo era tan mágico cuando nos veíamos, tan bonitos los mensajes, tan idílica la imagen de futuro que se formaba en mi cabeza, que el realismo me hizo poner los pies en la tierra y plantearme la situación fríamente. Me gustaba, mucho, pero había cosas que no me cuadraban, entre ellas la imposibilidad de haber quedado ningún fin de semana, que las dos veces que habíamos quedado había sido entre semana y durante relativamente poco rato, y que la foto que tenía en Badoo no era de él. No habíamos hablado de ningún tipo de exclusividad y yo tampoco le había preguntado si estaba con alguien, dado que no buscaba nada serio (aunque parecía que había encontrado con quién tenerlo) nunca me había preocupado por esas cosas; habitualmente conocía a alguien, si la cosa iba bien nos acabábamos acostando y lo hacíamos hasta que uno de los dos se cansara (solía ser yo), sin justificarse, sin deberse nada, sin compromisos. Pero esta vez era diferente, me estaba enamorando y estaba pasando muy rápido.

A los días quedamos, pero cuando me pasó a buscar me dijo que no le apetecía tomar nada y que podíamos ir a algún sitio para estar tranquilos y a solas, añadió que no le gustaba ir a bares y que prefería que estuviéramos solos para poder disfrutar mejor de nuestra mutua compañía (oh, vaya, otra alarma..). Fuimos en su coche (uno distinto al de la otra vez) a mi picadero predilecto, más con idea de intimidad que de follar. Me preguntó por el concierto, le conté lo poco que no le había contado ya por mensajes, y le pregunté por el viaje. Me contestó, pero todo lo que dijo lo hizo mirando a la luna delantera del coche, sus ojos esquivaban los míos, y ahí supe definitivamente que me ocultaba algo y que era gordo.

Me hice la loca, cosa que se me da muy bien, pero le pregunté más sobre el viaje y con quién había ido. Enmudeció. Me miró fijamente y me dijo que tenía algo que contarme, que no pensaba hacerlo porque había empezado aquello como algo relativamente inocuo, pero que estaba enamorado de mí y no podía callarlo más tiempo; cuando le oí decir que se había enamorado me dio un vuelco el corazón, era la primera persona que se enamoraba de mí, o la primera que me lo decía al menos, pero seguía oliéndome muy mal todo aquello. Se giró hacia mí y me dijo que tenía pareja y era gay, pero que tenía curiosidad y había querido probar con una mujer; por un momento le creí, no sé en qué universo pensé que alguien que nunca ha conocido coño lo comiera tan bien como lo hacía él. Me dejó totalmente descolocada, pero podía entenderlo, aunque tras unos segundos de silencio que se hicieron largos me dijo 'bueno, no es verdad...te he mentido, es mucho peor...'.

Ahí fue cuando me contó que no era gay, que estaba casado, tenía dos hijos (uno de apenas unos meses, ¿pero qué coño...?), que no podía dejar a su mujer porque la conoce y no le dejaría ver a los niños... Y entonces la que enmudeció fui yo. Un gran tsunami de surrealismo me golpeó en la tercera cita, demasiado tarde para todo lo que sentía por él, muy a mi pesar, para aquel entonces. No sabía qué hacer, qué decir, si gritarle, darle de hostias, irme de allí... Sin decir nada salí del coche, cerré la puerta y me encendí un cigarro. Me lo fumé mientras en mi mente se reproducían centenares de escenas de películas en las que algo similar ocurría, pensando a la vez qué debía hacer, qué decisión afectaría menos a mi ética, las veces que rechacé conocer a alguien porque tenía pareja, las que alguien que la tenía acababa entre mis piernas sin yo planearlo de antemano, que parecía que me buscaban, que cada vez que me enamoraba acababa metida en una película diferente a la que quería vivir...


Entré de nuevo en el coche y le vi muy nervioso. Había estallado la burbuja por necesidad, arriesgándose a que yo le mandara a la mierda. Me decía que entendería que no quisiera volver a verle, que le pegara, que le gritara, que no le hablara...pero que quería estar conmigo, que con nadie se había sentido tan bien ni tenía tantas cosas en común. Yo me sentía como si me hubieran dado un papel que no hubiera podido preparar, ¿qué carajo iba a hacer con esa situación?

Le hice ver que tenía mucho en lo que pensar, que no era justa la situación en la que me había puesto, que si lo único que quería era echar un polvo no había echo falta tanta conversación, tanta confidencia, tanta cosa bonita, tanto sentimiento y que se podía haber buscado a alguien que le pusiera hacerlo con alguien con pareja, pero él se ratificaba en lo que había dicho, no esperaba acabar sintiendo nada, pero lo hizo. Reconocía que lo había hecho mal al omitir algo tan importante, al mentirme, pero que no podía deshacerlo. Ya se hacía tarde, él tenía que marchar (ya entendemos por qué las prisas, ¿verdad?), me llevó a casa y me pidió que pensara en ello.

La incredulidad me tenía poseída. Me aferré de primeras a mis convicciones: yo no tengo pareja, ni he sido yo quien le ha buscado sabiendo que él la tenía, ergo el problema no es mío. Luego pensé en que me había dicho que se había enamorado de mí: para una vez que alguien se enamora de mí, hay que ver qué mala suerte tengo. También me vino a la cabeza eso de aprovechar lo que la vida te ofrece: no acabará en nada, alguien se cansará (seguramente yo), y terminaré sufriendo en algún momento pase lo que pase, pero no quiero perder la oportunidad de disfrutar de un sexo increíble, de engañarme con un amor de fantasía, de sentir unos abrazos que me llenan tanto ni del resto de cosas que puedo llevarme de esta experiencia. Y pensé de pronto en mi hermana, que se había divorciado recientemente con infidelidad de él por medio -que todo sea dicho, le vino maravillosamente bien-: ¿mi hermana verá como una falta de respeto hacia ella y lo que vivió que yo me acueste con un hombre casado, me verá como una rompehogares? (alerta spoiler: no)...

La cabeza me daba vueltas y las lágrimas llenaban incontrolables mis ojos como sólo hacen cuando me he enamorado de verdad y algo amenaza cambiar eso, por estúpido que sea. Joder, estaba tan perdida, tan hecha mierda, tan defraudada con el karma.

Tenía mucho en lo que pensar...

6 comentarios:

  1. muy realistico , very nice
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  2. Amor con casados..difícil relación. ¿Por qué no lo dicen desde el principio? Para mi el resto es engañar.
    Gracias por compartir.
    Saludos

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    1. Se ahorraría mucho tiempo si la gente no engañara, y también muchos disgustos. No entenderé porqué dejarlo en la recámara, a modo de granada...

      Besotes.

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  3. Uf... esto no puede acabar bien!!
    Lo que me ha encantado es el momentazo de salir del coche a fumarte un cigarro, ojalá tuviera yo esa templanza en ese tipo de situaciones!!!
    Cuéntanos más!

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    1. Crónica de una muerte anunciada, totalmente... No sé si fue templanza o que me quedé tan bloqueada a pesar de sospecharlo que fue lo único que supe hacer. Habrá más ;)

      Besotes.

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Yo ya he hablado, ahora te toca a ti...