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7 de febrero de 2018

El trabajo sexual como ayuda terapéutica - Relato de una experiencia



Últimamente el debate sobre la prostitución está más en boga que nunca. Día tras día se vierten centenares de opiniones, y muchas de ellas desde la ignorancia -como fácilmente puede ser la mía-, el paternalismo y la falta de respeto. Voces que reducen el trabajo sexual al deseo masculino, al cumplimiento de sus deseos olvidando la propia individualidad, como si por el mero hecho de pagar un servicio diera derecho a cualquier cosa, a exigir más; como si pagar por un corte de pelo diera derecho a teñirte, peinarte y llevarte las sillas y las tijeras.

Indudablemente la prostitución ofrece un servicio sexual, es un hecho, no hay discusión en ello; donde sí la hay es entre quienes creemos que en cierto modo se ofrece también un servicio social (y no sólo sexual), y quienes lo reducen todo a una mujer siendo objeto pasivo de un hombre que dispone a su antojo.

Centrándome en el servicio social que ofrece la prostitución, iré más allá de la parte lúdica, del entretenimiento que también puede resultar terapéutico para quien no dispone de una vida social activa. Iré a la parte en la que una puta se convierte en terapeuta aún sin proponérselo, pone su tiempo y conocimientos a disposición del cliente y le guía, paso a paso, cuando ni el cliente sabe qué necesita. Para contarte esta historia me apoyaré en la amistad y palabras de R. García, quien me abrió su corazón y me dio la oportunidad de contar su historia; espero que hagas honor a este espacio y respetes su experiencia.



R. García es enby (no binario) y demisexual, necesita una conexión emocional para sentir atracción sexual. Como mucha gente cuando no tiene una sexualidad convencional (aka heterosexual), le requirió bastante trabajo descubrir (en su caso) que era demisexual, y cómo eso le afectaba de alguna manera a su desarrollo como individuo, pues es necesario poder saber quién se es para entender ciertos aspectos de la propia personalidad. R. no había tenido relaciones ni sexo más allá de la distancia y seguridad que propicia una pantalla o una sesión de morreos intensos. Ésto le pesaba, pues la virginidad en muchas ocasiones se toma como un lastre que inhibe de ciertas experiencias que, por convencionalismos sociales, creemos que a cierta edad debemos haber vivido ya.

Sabía, desde el punto de vista sexológico, que la virginidad no existe per sé, que es un constructo social, su parte racional se lo confirmaba; no obstante sentía presión de forma subconsciente, estaba cogiéndole miedo al sexo (y por consiguiente a relacionarse con otras personas por si acababa en sexo, por remota que fuera la posibilidad), lo que le limitaba. Le generaba gran impacto psicológico cuando hablaba con gente sobre relaciones sexuales (ira, celos, vergüenza, envidia...), sentía frustración por no haber vivido esas experiencias. Algo que, a lo largo de diversas conversaciones con chicos vírgenes que contactan conmigo con dudas sencillas, es bastante frecuente; sienten la presión social de la virginidad cual yugo sobre sus cabezas y lo acaban convirtiendo en una obsesión. Cabe mencionar que R. es sexólogo, y se sentía un fraude como tal al no poder superar esos miedos a pesar de saber que eran infundados, ésto aumentaba su frustración y la situación le creaba problemas a todos los niveles, personal y profesionalmente.

Reflexionó largo tiempo sobre cómo enfrentarse a su miedo, coincidiendo con el auge de 'Hola putero' y 'Hola abolicionista'. Siempre se ha mostrado a favor del trabajo sexual libre, y lo vio como un recurso, una forma de enfrentarse, en un entorno seguro, a sus miedos.

Buscó una escort con quien conectar a nivel intelectual, no le interesaba que todo acabara reducido al sexo, precisaba de una atención más delicada, alguien que comprendiera sus límites y que éstos le requerían ir despacio y dar un paso sólo cuando estuviera seguro de querer hacerlo. Le interesaba que la escort estuviera adscrita o listada en alguna asociación de trabajo sexual, una forma de cerciorarse que esa persona con la que contactaría ejercía libremente su profesión. Halló un perfil que le llamó la atención por ofrecer un 'espacio seguro donde ser uno mismo', estaba en su misma ciudad y podía asumir el coste de su tarifa, así que contactó con ella. En el mail R. planteaba con sinceridad su situación, lo que buscaba, sus necesidades, indicando también qué esperaba del encuentro, si se daba tal. Con sumo respeto manifiesto abrió su corazón a una desconocida, y ella le respondió con el tono que R. precisaba, con comprensión, sin presionar. Concertaron una cita días después y acordaron que si R. no estaba seguro podría cancelar la cita el día antes sin ningún problema.

Dado el paso, el miedo y la ansiedad se adueñaron de R., y gracias a alguien que le hizo verlo como una película, en la que dos personas queda, hablan y ocasionalmente comparten erótica, sin que supusiera trauma alguno, pudo liberarse un poco de la presión, sintió tranquilidad y confirmó la cita tal como acordaron.


De camino a la cita no tenía tantos nervios como esperaba. Llegó a las habitaciones por horas donde quedaron, esperó a que llegara ella, se presentaron, R. pagó la habitación y les acompañaron hasta ella. Pactaron dos horas, pensando en que la primera sentiría bloqueo, que pagó en cuanto ella salió del lavabo. Se mostraba cercana y comprensiva, le invitó a que se tumbaran para hablar cómodamente. Sintió nervios y cierta brusquedad al abrir su corazón para ponerla en antecedentes. Ella le escuchó, respetó y se preocupó mientras le acariciaba el brazo para que fuera tranquilizándose. R. le preguntó un poco por su vida y sin darse cuenta había pasado la primera hora. Tenía miedo a no llenar las dos horas y que se crearan momentos incómodos, pero contrariamente no dejaron de hablar, empezaba a sentirse a gusto y respondía a alguna de las caricias; ella le dijo que no forzaría las cosas, y así fue.

Vestidos sobre la cama se dieron algunas caricias en partes descubiertas, y cuando se sintió más cómodo le dio algún beso en el cuello y orejas. Ella le invitó a besarla y lo hizo, muy pausado, se entendía que tenía que ser él quien tenía que dar pasos al estar preparado, poco a poco. Se quedaron en ropa interior, por petición de ella le quitó el sujetador con lo que se sintió muy torpe -en su favor decir que muchos hombres aún con experiencia se enfrentan con torpeza a desabrochar un sujetador-. Le pidió permiso para tocar su pecho, permiso que atribuye a la educación, a ser virgen, a que le gusta el consentimiento, y que puede interpretarse también como cierta inseguridad.

Se acurrucó sobre su pecho y sintió tranquilidad, a la puerta del sexo sin que la situación le presionara, a un paso de ella, sin tener que cruzar la puerta si decidía no hacerlo, pero pudiendo hacerlo en caso afirmativo. Ella se desnudó del todo, y aunque R. no se encontraba excitado, sí estaba a gusto con la situación, pidiéndole permiso para mirar, maravillándose y viendo que lo que se aprende en anatomía apesta porque no son mujeres reales. Tenía miedo a excitarse y correrse antes de desnudarse; le ayudó ir poco a poco. Le preguntó si le enseñaba cómo se masturbaba ella, accedió e invitó a acompañarla con los dedos, lo que le pareció muy interesante como sensación. Ella le preguntó por su excitación, y aunque R. no estaba excitado siguió sintiéndose bien con besos y caricias. Todo estaba saliendo mejor de lo esperado, sintiéndose seguro para desnudarse.


Ella le masturbó como R. le había indicado que lo hacía habitualmente, pero no sentía nada a pesar de responder físicamente a la estimulación, como si estuviera ausente de las sensaciones, muy centrado en lo demás. A título personal, por experiencia, esa pseudo disociación es más frecuente de lo que decimos, todos lo hemos vivido en algún momento, bien porque todo fuera demasiado nuevo, por miedos, por estar concentrados en el conjunto en lugar de en sentir y disfrutar... Y también, en este caso, influenciado por la necesidad de una conexión emocional que, aunque no ausente del todo, podría ser muy superior en condiciones óptimas.

Le propuso comerle el coño y, tras ella acceder, R. no lo vio nada fácil -quizá por eso es tan complicado encontrar a quien lo coma bien, por la complejidad que parece tener-, y le sorprendió la complejidad de la anatomía, así como el sabor fuerte (esto como R., tú y yo sabemos, varía mucho de un cuerpo a otro, y en el mismo cuerpo varía en función de varios aspectos, las hormonas entre ellos) que distaba del olor apetecible. R. le propuso penetración, aún con nervios quería intentarlo. Ella cogió un condón, se lubricó y se puso encima. Se percató de que fingía un poco, cosa que comprendió. Tras un rato R. le pidió que parase, pasaron unos segundos y siguieron. Al rato otra vez se sintió extraño, no estaba seguro de lo que pasaba, hasta que se percató de que se había corrido.

Ya no era virgen, sobre lo que bromearon antes de vestirse y marchar.

Creo que su necesidad de conexión emocional hizo que estuviera lo suficientemente a gusto como para hacer todo lo que hicieron, pero no para el disfrute físico. De ahí que no sintiera el placer orgásmico y la eyaculación se redujera a una respuesta física sin más, algo que posiblemente hemos sentido tú y yo en alguna ocasión en la que teníamos la cabeza en otro lugar.

Está muy agradecido por cómo se portó con él, y no descarta contratar sus servicios de nuevo. Ella proporcionó todo lo que necesitaba en cada momento, haciendo los pasos sencillos y naturales, sin presiones. Lo más importante es que ha roto con un gran miedo, ha visto que no era nada y que había construido sus temores sobre mitos y falsas creencias, esos que racionalmente sabía que no eran reales pero de los que inconscientemente no podía librarse basándose sólo en la teoría. Tras la experiencia se ve mucho más capaz para enfrentarse de nuevo a la situación, para hacerlo con alguien que conozca por otros medios; siente en definitiva mayor seguridad en sí mismo. A nivel económico, lo tomó como una inversión curativa, algo relativo a la salud, como una terapia que, afortunadamente, le ha ayudado mucho.

Y como R., muchas personas recurren al trabajo sexual para liberarse de miedos, de traumas. Ven el servicio de una prostituta como una ayuda para encontrar la paz, para hallarse a sí mismos, para descubrir si aquella fantasía que les inquieta es algo más, para tener el contacto humano -a veces sólo a nivel emocional- que igual de otra forma no son capaces de afrontar por expectativas, presiones sociales... Reducir el trabajo sexual a follar, a un intercambio de dinero, es limitar el amplio espectro que abarca. Y ya sea de forma lúdica o terapéutica, ofrece un servicio social.

Según R.: "El trabajo sexual es una ventana de tiempo con otra persona para tener una relación social".

Y tú, ¿qué opinas del trabajo sexual, crees que puede ser terapéutico, puede una o un trabajador sexual ofrecer una ayuda terapéutica donde otras terapias no llegan, crees que tenemos demasiados convencionalismos sociales que bloquean un desarrollo sano de nuestra sexualidad...? Cuéntamelo en los comentarios...

3 comentarios:

  1. Claro que puede ser terapéutico, y lo es en muchos casos. No en todos ellos, hay mucha misoginia en el mundo en general y en este en particular, pero eso no debería servir para estigmatizar y prohibir, que parece que es la única salida que tenemos contra todo lo que nos molesta y no sabemos solucionar. Creo que la gente feminista (que no el feminismo) está haciendo mucho daño en este asunto porque con esta actitud de "muerto el perro se acabó la rabia" ayudan a hacer más difícil la vida de quien se dedica al trabajo sexual.

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    1. No entiendo esa diferenciación que haces entre gente feminista y feminismo.

      El feminismo se forma por personas feministas, y dentro de éstas hay muchas que abogamos por la libertad REAL de la mujer a la hora de elegir a qué dedicarse y qué hacer con su cuerpo/vida. Obviamente también hay una vertiente que opina que el feminismo implica que la mujer no pueda vender sexo, mostrar su cuerpo a su antojo y demás ideas que en ocasiones parecen más cercanas a un paternalismo rancio que a la liberación de la mujer.

      Como en todo, las generalizaciones no son buenas. Con más empatía y respeto llegaremos más lejos. Y no menos que eso se merece el trabajo sexual.

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  2. Efectivamente, el feminismo como movimiento es mucho más grande y con más recorrido que este debate. Y cada uno es muy libre de entenderlo como quiera, pero siempre hay quien se lo pone por bandera para justificar su opinión. Supongo que me refiero a eso.
    Como en todo movimiento hay quien se dedica a construirlo y a quien parece que sólo le interesa definirlo, que al final no es más que otra manera de pretender conrolar al personal.

    Las generalizaciones tienen su función, si no se nos olvida lo que son, y que siempre, siempre van a dejar a alguien fuera.

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