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30 de enero de 2017

La menstruación como co-protagonista

Giuseppe Cristiano
Ilustración de Giuseppe Cristiano 

Toda vida tiene varios co-protagonistas, familiares, amigos, conocidos, la menstruación... Sí, no me mires así, si tienes la regla (o conoces a alguien que la tenga) sabrás que ese 'regalo' de la naturaleza es co-protagonista, estará en los momentos malos, pero sobre todo en los buenos, en clase, en el trabajo, en la piscina, en eventos, en viajes, en todas partes, porque no se pierde una la muy hija de puta

No pretendo que la odies, ni mucho menos, pero seamos realistas, si la Menstruación tuviera un apellido, seguramente sería 'Inoportuna'. Y como este blog va de contar experiencias, cualquiera relacionada con la sexualidad y las relaciones, voy a hablar de esa relación de amor-odio que tengo con mi menstruación desde que me visitó por primera vez. Quizá lo siguiente te parezca escatológico, innecesario, fuera de lugar, una soberana estupidez, o no te interesa una mierda, pero es mi blog, me lo follo como quiero y tener la regla no me lo va a impedir. Además, sabes que habrá algo de humor, quédate aunque sólo sea por esos geniales (no tengo abuela) juegos de palabras y chistes forzados. Venga (te recomiendo acomodarte, que esto va para largo), vamos allá... 

Hace muchos años en una galaxia muy lejana, me bajó la regla por primera vez. No recuerdo exactamente, pero tendría unos 10-12 años. El primer trauma no fue descubrirme la ropa interior ligeramente manchada al ir al baño, en mi casa no se hablaba abiertamente de sexualidad pero el tema de la menstruación estaba exento de ese 'tabú', mi madre y mi hermana mayor lidiaban con ella y era algo natural. Como decía, el primer trauma no fue ese, ni la reacción de mis padres y su 'ya eres una mujer...' que parece tan extendido (como si hubieras subido de nivel sin siquiera haber jugado, ¿tanta celebración por unas células en las bragas?), el trauma fue cuando mi madre llamó a varios familiares para contarles las 'rojas' nuevas, ¡qué vergüenza, por favor! Estoy convencida de que ese momento se celebra con el único fin de festejar el fin de una etapa y los ocasionales dolores mensuales y menstruales que sufrirás a lo largo de la vida, a modo de compensación (que si me permites, dudo que compense nada, pero allá las madres con sus fiestas...).


Media familia sabía que me había bajado la regla, todo eran alegrías, festejos, recordatorios de que ya no era una niña... ¡Qué de responsabilidad de golpe por bajarme las bragas! La parte buena es que me bajó en verano y no tuve que lidiar con las, entonces, incómodas visitas al baño en el colegio, lo 'sufrí' en la tranquilidad del hogar, y prácticamente pasé toda la semana sin salir de casa. Las opciones eran tampones o compresas, conocía ambos, los tenía en casa, y sabía (a grandes rasgos) cómo se ponía cada uno, pero de la teoría a la práctica había un gran trecho. Intenté ponerme un tampón, pero por aquel entonces mi vagina era algo tan desconocido que apenas sabía cómo encontrar y no logré ponérmelo. Lo intentó mi madre y tampoco hubo manera, así que no quedó otra que tirar de compresa, aka pañales menstruales, porque así es como me sentía, como con un pañal entre las piernas. Y todo iba muy bien, en casa, hasta que un día me mandaron a por pan y me vi en la obligación de tener que salir a la calle con aquel pañal. No dejaba de pensar que todo el mundo lo notaría, que andaría raro, que sonaría al caminar... Estaba traumatizada antes de salir, y se me pasó cuando llegué a casa de vuelta y no había pasado nada, ni nadie me había señalado por la calle. Y un día, se fue...

frustración

Tardó un año en volver a visitarme, ¡un año! Claro, era pequeña, el cuerpo va a su bola, tarda en acostumbrarse, está desarrollándose, bla, bla, bla. Afortunadamente aprendí por fin a ponerme un tampón, y me sentía algo más normal dentro del 'marrón rojo' que tenía. Me alegré de abandonar las compresas porque, sinceramente, me parecen de lo más anti higiénico del mundo (aunque para gustos, colores), pero tener ahí la compresa rozando el toto todo el rato, puf... En fin. De nuevo eligió el verano para su visita, se ve que los alquileres de vacaciones no le salían a cuenta. Y como no había venido en un año, decidió que en una semana iba a hacer que me acordara de San Martín y la matanza de cerdos como si se celebrara entre mis piernas. Apenas me duraba una hora el tampón más grande, era realmente horrible. No me dolía, tan sólo esa pequeña molestia ocasional que sientes cuando están de mudanza en el útero (si no conoces la sensación imagina que te arañaran por dentro del vientre durante un rato, y repitieran varias veces al día), por suerte no andaba doblada de dolor ni me incapacitaba, algo extraño con la pérdida de sangre tan elevada. Y como vino, volvió a marcharse.

Pasó varios años viniendo sólo en verano (como la casa de la playa, supongo), me desangraba 7 días y se iba. Vaya huésped de mierda, permíteme que añada, qué menos que traer un detalle, una pequeña crecida de tetas por ejemplo, pero no, con las manos vacías, como se sienten algunas manos al cogérmelas (chiste gratuito sin gracia sobre tetas pequeñas, hay que quererme...).

Tenía el don de la oportunidad, aparecía casi siempre en verano y escandalosa. Como a toda persona que haya tenido la regla, me obsesionaba manchar el pantalón y pasar la vergüenza que había visto pasar a otras chicas a quienes les había ocurrido. Lo mío era un trauma infundado, porque afortunadamente fuera de casa nunca tuve problemas, y en casa... Bueno, puedes cambiarte y a otra cosa.

Con 21 años, que ya se espera cierta regularidad, mis reglas seguían siendo anárquicas, unas rebeldes de cuidado, de verlas y cruzarte de acera. Ese verano me iba una semana de vacaciones con amigos por primera vez y estaba muy emocionada. Eran unas vacaciones en serio, no una noche aislada, me iba con tres amigos a un camping (a un bulgalow, que es el 'modo camping' de los pijos) y celebraba que había acabado mis estudios y no sabía qué hacer con mi vida. Hasta ahí todo perfecto, ¿no? La maleta preparada, los billetes comprados, el camping reservado, y así, como giro dramático de la trama, la noche antes me bajó la regla. ¿No te lo esperabas, verdad (ironía on)? Los juramentos que salieron por mi boca te puedes imaginar, porque es muy mala hostia bajar una vez al año y hacerlo justo el día antes de marchar de vacaciones. Que también te digo, podría haber sido peor y bajarme inesperadamente en el camping, en la playa o vete a saber (no, si encima tendré que estar agradecida...). Fue buena, seguramente porque ese verano sí vería la playa al visitarme, y no dio apenas guerra, se comportó como una adulta y me dejó pasar horas sin tener que estar pendiente de meterme un rollo de algodón en la vagina (un tampón, que hay que decirlo todo).

american beauty

Y así, por arte de magia, como si hubiera madurado en ese viaje como lo hicimos quienes fuimos, empezó a bajar de vez en cuando, nada serio, ya sabes, bajaba un mes, tres no, bajaba otro, cinco no, era una relación abierta. Pero me cansé, necesitaba algo de seriedad, así que ya con 22 años fui al médico de cabecera, le expliqué el panorama, me puse seria diciéndole que ya tenía una edad como para seguir con esas historias, y le pedí que me recetara la píldora, que hablara con mi regla para que se regulara, o que me quitara los ovarios, lo que le pareciera más sencillo. Tras una analítica me recetó pastillas anticonceptivas (se ve que las otras opciones no le gustaron). Me dijo que las comprara cuando saliera de la consulta para, cuando la 'doña' se dignara a aparecer, tenerlas preparadas para empezar a tomarlas. Cuatro meses, CUATRO, con la caja en el botiquín esperando a ser usada, y yo ya pensando que se me iba a caducar antes de usarla. Si hasta me la llevé ese año de vacaciones a la playa, no fuera que le diera por aparecer, pero nada, para un año que me respetaba el verano... Por fin llegó y pude empezar a tomarme las pastillas, ¡y qué maravilla, qué alboroto! 

Me bajaba la regla todos los meses como un reloj, siempre el día que tocaba, y cuando lo hacía, a pesar de seguir durando sus 7 días enteros, no me desangraba viva. No podía pedir más, era un sueño hecho pastilla (dejando de lado los posibles efectos secundarios, que eso es más bien pesadilla si los sufres). Iba contenta con mis tampones en el bolso (por precaución), pero cuando viajaba no tenía que llevarme siempre una caja entera en la maleta por si le daba por aparecer, era libre...

Lo fui durante unos años, hasta que una depresión con ansiedad apareció abrúptamente en mi vida a modo de ronchas en la piel (se ve que somatizaba el estrés de esa manera), y entre mil médicos que me vieron para saber de dónde venían esas ronchas acabé en una internista que me recomendó dejar las pastillas seis meses -para ver si se restablecían los niveles hormonales con el tratamiento del psiquiatra, un drama, lo sé (también porque uno de los efectos secundarios que pueden provocar las pastillas anticonceptivas es depresión, muy genial todo)-, y como soy muy obediente cuando quiero, le hice caso.

Se me fue un poco de las manos y pasé dos años, en lugar de seis meses, sin la píldora, y fueron dos años de reglas poco abundantes pero nada regulares, volví a la incertidumbre de no saber cuando se dignaría a hacer la visita la querida menstruación. Hasta que, ya con 26 años decidí que era hora de ir al ginecólogo por primera vez y, además de hacerme una revisión, que me ayudara a poner orden ahí abajo.

Una visita bastó para que diera con la clave del problema, mis ovarios poliquísticos tenían la culpa. ¿La solución? Volver a tomar la píldora en el momento en que la regla decidiera volver a bajar. Y bajó a los pocos meses, y tomé la pastilla que me recetó, y me arrepentí mil y una veces de haberme metido esa bomba en el cuerpo. Pasé de reglas irregulares, indoloras y poco abundantes a morirme de dolor, desangrarme y no poder dormir, una fiesta... Antes de tener que empezar a tomar otra caja fui al médico de cabecera, le expliqué el tema, me hizo una analítica (aunque le llevé una que me había mandado el ginecólogo un mes antes, son ganas de pinchar) y me cambió a una pastilla más suave. ¡Y qué diferencia! Recuperé las reglas regulares, apenas molestas, poco abundantes, y volví a poder dormir a pierna suelta.

Podía controlar que la regla no me entorpeciera eventos importantes, vacaciones o quedadas con follamigos. Empecé a sentirme cómoda con la regla, a vivirla con mayor normalidad, a atreverme a follar estando con ella (avisando antes a la persona en cuestión, pero así, a lo loco, a lo 'qué más da que se manche un poco el condón, la regla es natural'). No sólo recuperé la libertad, si no que ésta se hizo más grande, más intensa, más femenina.

Luego probé las esponjas para la regla, que son una maravilla porque puedes follar con ellas sin que parezca La matanza de Texas, pero también puedes acabar con la esponja tan en el fondo que estés a punto de dislocarte la muñeca sólo por evitar tener que ir a urgencias a que te la saquen (eeh, me lo ha contado una amiga...¿cuela?), eso o que la persona que ha contribuido a que esté tan en el fondo te eche una mano antes de irse y te ayude a sacarla (por eso de que su ángulo es mejor que el tuyo y, casualidades de la vida, sus dedos son más largos).

dama de rojo

Cambié de pastilla hará un año, mismos componentes, marca genérica, casi la mitad del precio, ¡compro! Y me funcionaba muy bien, hasta que empezó a retrasarse. Me bajaba la regla cuando ya tenía que empezar caja nueva (o casi), era un descontrol absoluto; y luego llegó el estrés. La edición de #SegundaVezBook me trastocó mucho (que para ti puede que sólo sea un libro digital gratis, pero yo me tomo las cosas muy en serio y me acaban afectando a nivel físico, porque mi cerebro se empeña en que mi cuerpo sea participe de sus problemas), y aunque tomaba la pastilla todos los meses, y no estaba embarazada ni tenía ninguna alteración ginecológica que lo provocara, la regla no bajaba, pero con el inconveniente añadido de que seguía teniendo las molestias propias de la menstruación: dolor de pecho, dolor de ovarios, mal humor ocasional...

Lo hablé con el ginecólogo y me cambió a otra pastilla. Acabé la ultima tableta que me quedaba de la anterior pastilla, llegó la semana de descanso, y me confié. Planifiqué la primera cita con Mei para la primera semana de enero, y si nos veríamos un lunes, el jodido viernes antes me bajó la regla... Claro, el estrés del libro había pasado, tenía la mente distraída en la cita de cuatro días y, a traición, la muy cabrona hizo su aparición. Me cabree mucho, no podía ser que en un evento así tuviera que ir con la regla. Yo, que tenía un calentón de dimensiones épicas desde hacía semanas y pensaba follar en esa cita tantas veces me fuera posible, estaba en el baño con las bragas por los tobillos y maldiciendo lo oportuno de mis ovarios. Quiso el universo, o el karma, o la nueva pastilla que empecé a tomarme, que antes del lunes la regla desapareciera dejándome disfrutar de tan deseada cita (¡y cómo la disfruté...!). 

Y aquí estoy ahora, escribiendo esto mientras me recupero de la desintegración de mi útero de la semana pasada, habiendo tenido un horrible dolor de tetas durante casi todo el mes, calambres nerviosos, dolor de riñones y síntomas de depresión, y esperando que esta segunda (y última) oportunidad a la pastilla que me ha dejado hecha un cuadro me trate mejor que el mes pasado -o tendré que cambiarla-. ¿Cruzamos los dedos?

Qué quieres que te diga, que la regla será un regalo de la naturaleza (aunque más bien parezca un castigo), que es de lo más natural del mundo, que es motivo de orgullo y todo lo que quieras, pero que si un día me dejo los ovarios en el bus y no vuelve a bajarme tampoco voy a llorar, que no veas la guerra que me ha dado -y me sigue dando- la muy hija puta...

Y tú, ¿tienes la regla y la sientes con orgullo, te alejas de cualquiera con signos de estar menstruando, te ha dado guerra a lo largo de tu vida, tú también la abandonarías a su suerte en un parque de bomberos, también se apellida Inoportuna, no entiendes porque quien la tiene se queja tanto porque en la vida te ha sangrado el cuerpo a chorro todos los meses, me ha quedado un post excesivamente largo y te has aburrido por el camino, te ha parecido una pérdida de tiempo (muy probablemente), no entiendes por qué he escrito algo así (yo tampoco)...? Cuéntamelo en los comentarios...

4 comentarios:

  1. Madre mía, que historias... Vaya jodienda... yo era bastante irregular hasta que empecé con las pastillas y mano de Santo, la verdad. Como un reloj.
    A pesar de todo, te entiendo, a mí me da por culo cuando me baja. Se me pone un humor de perros y no tengo ganas de nada.
    Besicos

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    1. Para no dormir, a veces literalmente. Veremos qué tal la nueva pastilla, si tengo que volver a cambiarla, o si más me valdría sacarme los ovarios con una cucharilla xD

      ¡Qué genial ser mujer! Jajajajajaja. Para que luego haya quien se atreva a decir que somos el sexo débil, ni puta idea tienen... Besotes.

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  2. No, si yo es que siempre he dicho que solamente por esto los hombres ya tenemos una enorme ventaja respecto a las mujeres. Vaya, que cuando leo o me cuentan estas cosas siempre tengo mucha solidaridad, pero al poco se me olvida porque no forma parte de mi vida diaria. Un rollo pero ¡qué se le va a hacer!

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    1. Entiendo que al no ser algo que 'sufras en tus carnes' se te acabe olvidando y pasando a otra cosa. Lo que más molesta es que haya quien crea (aún) que la mujer es el sexo débil, y que haya poco entendimiento sobre la alteración hormonal que supone. A más de uno me gustaría ver desangrándose una vez al mes, que tal como son algunos hombres con un catarro ocasional, seguro que pedirían baja y subvención. Hay poca comprensión con esto por parte de un gran sector masculino, sino mira lo de la pastilla para hombres, a dos efectos secundarios que le han sacado han dejado el estudio, pero aquí estamos nosotras, tomando bombas todos los meses con decenas de efectos, y encima 'no te quejes'... En fin, que a veces sí que me da envidia de pene, una vez al mes xD

      Besotes.

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Yo ya he hablado, ahora te toca a ti...