-

30 de noviembre de 2016

La intimidad

Ilustración de Giuseppe Cristiano

La intimidad, eso que equivocadamente pensamos que compartimos cuando nos acostamos con alguien. 'Oh, intimamos...'. No, no intimasteis por veros sin ropa, por sentir vuestra piel, por oler sus fluidos ni por escuchar sus gemidos. Ni tan siquiera por respirar vuestros respectivos orgasmos, que podría ser lo más íntimo de ese encuentro.

Se intima cuando se comparte un vínculo, cuando nuestra propia intimidad, aquello que habitualmente se encierra en nuestros pensamientos, sale y ve la luz cegadora, desperezándose ante la novedad.

Hablar de sexo, o practicarlo, habitualmente no ofrece una intimidad real. Según el caso, podríamos tener sexo con decenas, cientos, miles de personas, pero sólo ofreceríamos nuestro cuerpo, arañar la intimidad, pasear quizá por lo que nos han enseñado como tal. Pero, ¿realmente has intimado con todas las personas con las que te has acostado?

Claro, no decreto, cada persona tiene sus fronteras y una visión de éstas. Me baso en mis vivencias, en esos momentos en los que pensé que quitándome la ropa estaba exponiendo lo más secreto de mi persona, y resultó ser lo más sencillo. La cosa se complicaba cuando se trataba de sentimientos, de sueños, de preocupaciones, de miedos, de nimiedades que se acrecientan en nuestra mente y alcanzan niveles difíciles de explicar y, lo más importante, de exteriorizar.

Comentar mi última aventura sexual con un grupo de amigos o de gente que apenas conozco nunca fue un problema, las palabras salen, las risas resuenan y la curiosidad crece. Pero ay, ¿intimar? ¿Abrir mi mundo interior a alguien? Eso son palabras mayores, por menor que sea esa parcela que planteo compartir.

Ilustración de Yuko Shimizu

Supongo que pienso -nadie sabe porqué- que he de llevar un traje ante el mundo, uno blindado, ser la versión más fuerte de mí misma y guardar esa fragilidad para mi soledad, para romper a llorar por la ira contenida, para recomponer los trocitos que se me han ido rompiendo con los sucesos del día, para decorar ese mundo interior que no me atrevo a enseñar. Y mientras, camino con la cabeza erguida, embutida en mi blindaje y pisando con decisión, pareciendo ajena a lo que ocurre a mi alrededor, y todo porque algo me dice que debo ser así, que el algodón de azúcar se estropea ante los elementos y es mejor protegerlo, encerrarlo para que nada ni nadie dañe la fibra azucarada. ¿Y si al final, de tanto querer proteger el algodón de azúcar, acabo estropeándolo? ¿Y si se me ha olvidado cómo usarlo? ¿Y si no encuentro a quien me ayude a cuidarlo...?

La intimidad... Tendré un poco contigo y te contaré que uno de mis miedos es compartir intimidad con alguien, de la de verdad, la que te expone, la que te hace abrir las puertas de ese mundo que has escondido del exterior, sacar la mierda de los cajones y dejar que alguien rebusqué en el montón desordenado. Exponerme al escrutinio más profundo y cruzar los dedos por que no huyan de ese mundo dejándome desvalijada.

Intimidad no es verme desnuda, hundir los dedos en mi anatomía, ni arrancarme gemidos de la garganta; intimidad es que te cuente mis temores, que te hable de mis inseguridades, que me muestre vulnerable... Intimidad es que eso nos una más. 

¿Qué es la intimidad para ti...?

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Yo ya he hablado, ahora te toca a ti...