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8 de junio de 2016

Los 30 golpes

Giuseppe Cristiano
Ilustración de Giuseppe Cristiano

Decir que mi vida recién cumplidos los 30 es tal como la imaginaba hace 5, 10 o 15 años, sería mentir descaradamente.


'¿Mejor o peor?' podrás preguntarte, pero lo cierto es que simplemente es diferente. No es que me viera casada y con niños -oh God, no, no, no-, pero sí me imaginaba con una pareja estable, independizada, con un trabajo medianamente lucrativo, mi grupo de amigos habitual y esa vida que parece que todos, a determinada edad, debemos estar viviendo.

Pues bien, ninguna de las anteriores se ha materializado, al menos por ahora. Estoy soltera, sigo viviendo con mi madre, mi trabajo no me ofrece la posibilidad de cambiar lo anterior, mi grupo de amigos habitual hace tiempo que dejó de serlo, y tampoco es que lleve una vida muy normativa.

¿Acaso quiere decir eso que no he conseguido nada, que no soy todo lo feliz que puedo, que me sienta incompleta? Ni mucho menos, sólo quiere decir que la vida, como cualquier cosa, rara vez es como la imaginamos. Que los pasos que damos nos llevan a donde estamos y la incertidumbre del '¿qué hubiera pasado si...?' se quedará eternamente sin respuesta.

De lo que sí estoy segura es que a día de hoy me quiero más que nunca.

He aprendido a querer mi cuerpo, con todas y cada una de sus imperfecciones, a sobrellevar mis complejos, a no temer desnudarme ante unos nuevos ojos, a saber aprovechar el erotismo que pueden emanar mis poros, a suplir mis carencias -sean estas pocas o muchas- con determinadas habilidades, a sonreír y hacer sonreír hasta cuando los músculos quieren resistirse, a disfrutar de los buenos momentos sin pensar en cuando llegarán a su fin, a luchar por una idea, a compartir mi vida sólo con quien merece formar parte, olvidándome así -todo lo posible- de hacer algo simplemente porque es lo que se espera de mí, a atreverme a salir un poco de mi zona de confort, a ser fiel a lo que creo, a aceptar que hasta el caparazón más grueso puede tener fisuras y seguir funcionando e incluso que en ocasiones esas fisuras pueden ser positivas, a sincerarme conmigo misma y dejar de pensar que me conozco a la perfección, a intentar abrirme más allá de las piernas, a superar los baches con risas, a querer que me resbale lo que no puedo controlar, a no cerrar puertas antes de que pueda entornar una ventana, a no frustrarme cuando por enésima vez no logro dejar aflorar mis sentimientos, a creer en serio que soy jodidamente genial en muchas cosas, buena en algunas y un auténtico desastre en otras, que ningún príncipe va a aparecer en mi puerta porque de princesa sólo tengo el mote familiar, a disfrutar de la soledad y mi mundo interior, a tener menos miedo a vivir, a encontrar mi placer con ayuda y sin ella y no temer reclamarlo o buscarlo, a seguir soñando aún con un pie clavado al suelo, a intentar ser menos tímida, a aprender de todo, a ver el lado bueno de las cosas, a tomarme tiempo para mí sin sentirme excesivamente culpable por ello, a cerciorarme de que esa vida normativa no está hecha para mí y que me hacen feliz mis rarezas, mi personalidad cambiante, mis experiencias y todos aquellos puntos que me distinguen del resto... Los 30 golpes.

Pierre Rütz
Ilustración de Pierre Rütz

He aprendido, en definitiva, a ser quien soy.

A caminar con el paso firme, contoneando las caderas que para algo las tengo generosas, mirando al frente, sonriendo a la vida con los labios pintados de rojo, ocultando lo que duele en esa capa de piel que rara vez se expone, sin temer ser la risa que más se oiga, ni el silencio que más resuena. Avanzando poco a poco con destino desconocido, el que mis pies quieran tomar y los elementos propiciar, mirando atrás para no olvidar de dónde vengo pero sin dejar de caminar, de desear, de soñar, de lograr, sin dejar de ser yo, en constante cambio.

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