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18 de diciembre de 2014

Colaboración - Una firme vocación (I)

desnudo artístico

La verga grande y dura penetraba a Natalia como una ametralladora y ella hacía rato que orgasmaba de manera repetida. Las descargas eran a veces violentas y a veces más suaves pero siempre le llenaban de miel el bajo vientre y luego se expandían por todo el cuerpo hasta llegar a los pulmones y al diafragma, causándole una sensación parecida al ahogo o a la pérdida del aliento. Ahora esto ya no la inquietaba, como al principio de descubrir su gran lascivia, y disfrutaba de los pequeños cortes de respiración como una sensación más de las que la embargaban al copular frenéticamente.

Notando que los impulsos de su follador disminuían, menguando la fuerza de sus acometidas, Natalia le puso con firme suavidad una mano en los testículos y movió uno de sus pechos para que tocase la cara de su amante mientras se bamboleaba al ser ella penetrada.El efecto fue casi inmediato, el hombre se puso bravo otra vez y Natalia se corrió con uno de los orgasmos más potentes de la sesión de sexo. Natalia tenía unos pechos grandes, grávidos, algo caídos pero que se movían con gracia al juntarse los cuerpos y que excitaban intensamente a los que se unían a ella. La mujer se alegraba mucho por el placer que daba, que sabía y experimentaba era grande y hacía lo posible por incrementar el goce de los que estaban con ella. Recientemente había aprendido a endurecerse los pezones con toqueteos de sus propios dedos, descubriendo que al hacerlo de determinada manera aumentaban de longitud al encresparse y eso era como gasolina rociada sobre el fuego de sus queridos machos.

Sin embargo, para convertirse en una gran gozadora, Natalia había tenido que enfrentar muchos miedos, tanto a las sensaciones poderosas y extrañas que la poseían al follar a lo bestia, como sus propios juicios, que la calificaban de puta y de perdida. Y no sólo los propios... Cuando tenía trece años descubrió que su hermano mayor veía cintas de vídeo porno, cuidadosamente enmascaradas en tapas que fingían ser de películas de aventuras o documentales y, llevada por un impulso potente, empezó a ver ella misma las películas muy a escondidas y a trozos, en los momentos en que estaba sola en casa y no podía ser descubierta. Pero le bastaba ver poco para pasarse luego sin problema horas y horas masturbándose. Un día, tras haberse bebido unas copas de vino en una comida familiar, y al preguntarle una tía qué quería ser de mayor, ella contestó con la lengua suelta por el alcohol: "Yo quiero ser actriz porno". La furia con que su padre recibió tal declaración y el castigo posterior no se le olvidarían jamás, aunque los consideraba como un hito muy significado en el desarrollo de su vocación de gran folladora.



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